Candido, o El Optimismo
Voltaire, 1694-1778
Spanish
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Below is a summary of Candido, o El Optimismo
Charles Franks and the Online Distributed Proofreading Team.
CANDIDO,
O
EL OPTIMISMO,
VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,
Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
despues de su fallecimiento en Minden, el ano 1759 de nuestra
redencion.
CAPITULO PRIMERO.
_Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una hermosa
quinta, y como de ella fue echado a patadas._
En la quinta del Senor baron de Tunderten-tronck, titulo de la
Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la indole mas apacible
naturaleza. Viase en su fisonomia su alma: tenia bastante sano juicio,
y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
hermana del senor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
quien jamas consintio en casarse la doncella, visto que no podia
probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
tiempos habia acabado con el resto de su arbol genealogico.
Era el senor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban senoria, y
se echaban a reir quando decia algun chiste.
La senora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
de diez y siete anos, era rolliza, sana, de buen color, y muy
apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
El oraculo de la casa era el preceptor Panglos, y el chicuelo Candido
escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
caracter.
Demostrado esta, decia Panglos, que no pueden ser las cosas de otro
modo; porque habiendose hecho todo con un fin, no puede menos este de
ser el mejor de los fines. Notese que las narices se hicieron para
llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
Su Senoria una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
nacieron para que se los coman, todo el ano comemos tocino. De suerte
que los que han sustentado que todo esta bien, han dicho un disparate,
porque debian decir que todo esta en el ultimo apice de perfeccion.
Escuchabale Candido con atencion, y le creia con inocencia, porque la
senorita Cunegunda le parecia un dechado de lindeza, puesto que nunca
habia sido osado a decirselo. Sacaba de aqui que despues de la
imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
grado el de ser la senorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
quarto oir al maestro Panglos, el filosofo mas aventajado de la
provincia, y por consiguiente del orbe entero.
Paseandose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Panglos
que estaba dando lecciones de fisica experimental a la doncella de
labor de su madre, morenita muy graciosa, y no menos docil. La nina
Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observo pues
sin pestanear, ni hacer el mas minimo ruido, las repetidas
experiencias que ambos hacian; vio clara y distintamente la razon
suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvio desasosegada
y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurandose
que podia muy bien ser ella la razon suficiente de Candido, y ser este
la suya.
De vuelta a la quinta encontro a Candido, y se abochorno, y Candido se
puso tambien colorado. Saludole Cunegunda con voz tremula, y
correspondio Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
un biombo Candido y Cunegunda; esta dexo caer el panuelo, y Candido le
alzo del suelo; ella le cogio la mano sin malicia, y sin malicia
Candido estampo un beso en la de la nina, pero con tal gracia, tanta
viveza, y tan tierno carino, qual no es ponderable; toparonse sus
bocas, se inflamaron sus ojos, les temblaron las rodillas, y se les
descarriaron las manos.... En esto estaban quando acerto a pasar por
junto al biombo el senor baron de Tunder-ten-tronck, y reparando en
tal causa y tal efecto, saco a Candido fuera de la quinta a patadas en
el trasero. Desmayose Cunegunda; y quando volvio en si, le dio la
senora baronesa una mano de azotes; y reyno la mayor consternacion en
la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas existir pueden.
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