Doña Luz
Valera, Juan, 1824-1905
Spanish
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Doña Luz
Por
Juan Valera
Biblioteca Perojo
Paris
1897
Capítulos:
A la señora condesa de Gomar
Estando en casa de V., en una noche del verano pasado, conté la sencillahistoria de Doña Luz. Hallola V. bien, gracias sin duda a la indulgenciacon que me mira, y me animó para que la escribiese. Prometí escribirla ydedicársela a V.; aceptó V. la promesa, y hoy con el mayor gusto lacumplo. Lo que me desazona es el corto valer del don en sí o su ningúnvaler, si se atiende al de la persona a quien le dedico, por su talentoy belleza tan general y justamente encomiada. Sea, con todo, midedicatoria muestra, aunque pobre, del respetuoso cariño que V. meinspira.
Por lo demás, aunque la novela no divierta, creo yo que vale algo porlas muy graves y severas lecciones que contiene.
Pongo a un lado las mil y quinientas que cualquier agudo crítico puedesacar si se empeña en elogiarme y lucirse, y me limito a la lección quese da, no ya sólo a los frailes, que al fin pocos hay en España ahora,sino por extensión a todo caballero cortesano, viejo o algo machucho,que se enamora con amor vicioso.
El desastrado caso del P. Enrique deberá servir de escarmiento y grabaren la mente del cortesano viejo, como moraleja principal, aquellasadvertencias divinas con que el ilustre Micer Pietro Bembo hermosea ycorona el libro de El cortesano.
Estas advertencias dicen en resumen que el cortesano «enderece su deseoa la hermosura sola, y cuanto más pueda la contemple en ella mismasimple y pura, y dentro en la imaginación la forme separada de todamateria, y formándola así la haga amiga y familiar de su alma, y allí lagoce, y consigo la tenga días y noches en todo tiempo y lugar sin miedode jamás perdella, acordándose siempre de que el cuerpo es cosa muydiferente de la hermosura, y que, no solamente no la acrecienta, mas quele apoca su perdición. Desta manera será nuestro cortesano viejo fuerade todas aquellas miserias y fatigas que suelen casi siempre sentir losmozos, y así no sentirá celos, ni sospechas, ni desabrimientos, ni iras,ni desesperaciones, ni otras mil locuras llenas de rabia, con las cualesmuchas veces llegan los enamorados locos a tanto desatino que aun a símismos quitan la vida»: como sucedió al P. Enrique, volviendo a micuento. Al cual Padre le hubiera estado mejor valerse de este amor comode escala para subir a más alto grado. Porque, considerando laestrecheza de estar siempre ocupado en contemplar la hermosura de uncuerpo solo, debió sentir deseo de ensancharse algo y de salir detérmino tan angosto, y para ello debió también juntar en su mente muchashermosuras, y, reduciéndolas a una sola, formar aquella que sobre toda
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