La Espuma - Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.
Palacio Valdés, Armando, 1853-1938
Spanish
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LA ESPUMA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO VII
LA ESPUMA
1922
I
#Presentación de la farándula.#
A las tres de la tarde el sol enfilaba todavía sus rayos por la calle de
Serrano bañándola casi toda de viva y rojiza luz, que hería la vista de
los que bajaban por la acera de la izquierda más poblada de casas. Mas
como el frío era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la
acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferían recibir
de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban,
también calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel
de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal
hora y por tal calle una señora elegantemente vestida. Tras sí dejaba
una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus
comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde
partían tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la más
grande y hermosa de Madrid, tiene un carácter marcadamente provincial:
poco tráfago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoría a la venta de
los artículos de primera necesidad; los niños jugando delante de las
casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta
con los mancebos de las carnicerías, pescaderías y ultramarinos. Así
que, no era fácil que la gentilísima dama pasara inadvertida como en las
calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se
estaban quietos posábanse con complacencia en ella. Se hacían
comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decían
chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacían prorrumpir
en rugidos de gozo bárbaro a sus compañeros. Uno de los más salvajes y
pringosos vertió en su oído, al cruzar, una de esas brutalidades que
enrojecería súbito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haría
llamar al _policeman_ y hasta quizá pedir una indemnización. Pero
nuestra valiente española, curada de melindres, no pestañeó siquiera:
con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo
de la calle, continuó su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo.
Nadie podía mirarla sin sentirse poseído de admiración, más aún que por
su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardía de la
figura. Llegaría bien a los treinta y cinco años. El tipo de su rostro
extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los
cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extraña mezcla de
razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la
italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que
semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Nápoles. En ciertos
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.
La expresión predominante de su rostro en aquel momento era la de un
orgulloso desdén. A esto contribuía quizá la luz del sol, que le
obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en
aquel rostro no había dulzura. Debajo de sus líneas correctas y firmes
se adivinaba un espíritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no
eran los serenos y límpidos que sirven de complemento adorable a ciertas
fisonomías virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro país y
más a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para
expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quizá alguna vez
tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y
mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero
apuntado, de color rojo, con pequeño y claro velo, rojo también, que le
llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuían a
dar al rostro el matiz extraño que impresionaba a los que a su lado
cruzaban. Vestía rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del
sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por
entonces la última moda.
Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los
ojos: éstos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir
con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de
Jorge Juan, no advirtió la presencia de un joven que desde la acera
contraria y caminando a la par con ella la miraba con más admiración aún
que curiosidad. Al llegar aquí, sin saber por qué, levantó la cabeza y
sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien
perceptible de disgusto siguió a tal encuentro. La frente de la dama se
frunció con más severidad y se acentuó la altiva expresión de sus ojos.
Apretó un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se
detuvo y miró hacia atrás, con objeto sin duda de ver si llegaba un
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