La Catedral
Blasco Ibáñez, Vicente, 1867-1928
Spanish
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Below is a summary of La Catedral
LA CATEDRAL
Vicente Blasco Ibáñez
Portada de C. SANROMA
Primera edición: Enero, 1978
Editado por PLAZA & JANES, S.A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)
Printed in Spain—Impreso en España
ISBN: 84-01-48014-0—Depósito Legal: B. 134-1978
GRAFICAS GUADA, S.A.—Virgen de Guadalupe, 33
Capítulos:
I
Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En lasestrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad delalba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, seesparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando dela penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torresencaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombríaconstrucción de la época de Carlos V.
Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta lascejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientosdolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba lagran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia queofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas,aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados,con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, laiglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios quela rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sindejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio delas callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosurainterior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales,sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranaspor dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíosy moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haberinspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja yarremolina en torno de ella como si buscase su sombra.
La plazuela del Ayuntamiento era el único desgarrón que permitía alcristiano monumento respirar su grandeza. En este pequeño espacio decielo libre, mostraba a la luz del alba los tres arcos ojivales de sufachada principal y la torre de las campanas, de enorme robustez ysalientes aristas, rematada por la montera del «alcuzón», especie detiara negra con tres coronas, que se perdía en el crepúsculo invernalnebuloso y plomizo.
Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, dondevivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos añossin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen sus puertas...!
Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid. Antes deencerrarse en un cuartucho de la «Posada de la Sangre»—el antiguo«Mesón del Sevillano», habitado por Cervantes—había sentido una ansiosanecesidad de ver la catedral; y pasó más de una hora en torno de ella,oyendo el ladrido del perro que guardaba el templo y rugía alarmado alpercibir ruido de pasos en las callejuelas inmediatas, muertas ysilenciosas. No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en sutierra después de tantos años de aventuras y miserias. De noche aún,salió del mesón para aguardar cerca de la catedral el momento en que laabrieran.
Para entretener la espera, iba repasando con la vista las bellezas ydefectos de la portada, comentándolos en alta voz, como si quisierahacer testigos de sus juicios a los bancos de piedra de la plaza y sustristes arbolillos. Una verja rematada por jarrones del siglo XVIII se
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